Con el mes de Diciembre llega el inevitable balance anual y una lista de resoluciones que rara vez se materializan: empezar la dieta, no reincidir con un ex novio, ir al gimnasio, disfrutar de la soledad o conseguir buena compañía para las vacaciones.
Todas tuvimos una relación que amenaza con terminar para siempre, pero que luego reaparece en forma de novio, amigo, conocido o affaire. Nos despedimos varias veces, lloramos, tenemos una última conversación y pensamos seriamente no verlo nunca más, pero un mes más tarde lo cruzamos en un bar, o le mandamos un mail, o nos toca el timbre porque “pasaba por casa”, o lo encontramos en un cumpleaños, o lo llamamos para pedirle un libro, o vamos a averiguar algo a su facultad. Y terminamos en la cama, arrepentidas e incómodas, ahogándonos en el mismo juramento de no volverlo a ver.
Y así una y otra vez. Como una viscosa goma interminable que rebota en el futuro, como el eco del eco, como una sala espejada, como un ciempiés de mil piernas.
Con eso, hay que terminar.